Me encantaría nunca habituarme a nada, no llegar a tener esas discusiones que me parecen tan estúpidas, y por la mierda, ojala mi mente nunca llegue a ser tan zapato, ojala que tenga cosas pasajeras increíbles para quedarme con eso, ese buen sabor, buen recuerdo, buenos colores, buena sonrisa, que queden ahí, intactos como algo imperfectamente increíble, que no se arruine con el tiempo, ni con la costumbre, ojala no llegue a acostumbrar nunca a nadie, porque en el momento que lo haga habrá que irse para volverlo un recuerdo como el que mencioné, como los recuerdos que quiero.
domingo, 26 de febrero de 2012
él zapato, ella zapato, vo zapato, todos zapato.
Al final queda en eso, la discusión se basa en qué objeto cotidiano llevar esta vez, estos que tienen terminaciones en círculo o estos que son de metal, eso pasa, el hombre siempre termina volviendo las cosas más humanas, al principio para conseguirlas tenía un miedo horrendo, porque era desconocido, porque era nuevo, una sensación de escenario, que le provocaba entre un golpe y una risa en el estómago, y la respiración se acelera y los ojos se agrandan, pero reía, y al final todo eso lo hacía sentir más vivo, después cuando lo tiene lo acostumbra, lo hace cotidiano y pierde toda chispa, todo detalle que antes tenía, y así pasa con todo, desde los objetos, hasta las personas. Y cuando crecen se quedan con lo seguro, lo que ya está acostumbrado, sin chispa alguna, un escritorio, un maletín, lustra zapatos y las tarjetas puestas en un orden especial, y la persona que está contigo se vuelve lo mismo, lo de siempre, lo cotidiano y al final las mismas conversaciones se basan en qué maletín, en qué zapatos, en qué color de toalla, las personas nunca piensan sobre algo más que no este en su dominio, porque les teme, y por eso también temen ser diferentes.